Aula de Interpretación del Ídolo de Peña Tú

Llanes turismo

 

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Descripción

INFORMACIÓN GENERAL

Cómo llegar

En las inmediaciones del pueblo de Puertas de Vidiago (Llanes), se encuentra el Ídolo de Peña Tú, roca en la que una de sus paredes muestra varias representaciones de arte prehistórico, pinturas y grabados que corresponden a la época neolítica, y que señalan probablemente un lugar conmemorativo, tal vez la tumba, de algún personaje notable de hace 4.000 años.

El acceso se realiza desde la carretera N-634 de la que parte un camino hacia el SO que tras unos 600 metros de recorrido, ligeramente ascendente, llega al monumento. La visita es libre y gratuita durante todo el año.

El Centro de Interpretación o Aula Didáctica de Peña Tú se encuentra también en Puertas de Vidiago.

Visitar el centro

El acceso al mismo es gratuito, siendo el horario de visitas el siguiente:

  • Martes a sábado: de 11.00 a 13.30 y de 17.00 a 21.00 horas.
  • Domingos y festivos: de 11.00 a 14.00 y de 17.00 a 21.00 horas.
  • Lunes: cerrado.

UN POCO DE HISTORIA

La historia no se detiene

La ocupación humana de la zona oriental de Asturias no se detuvo en los tiempos de Peña Tú. Hallazgos metálicos de momentos más avanzados de la Edad del Bronce se han producido en Caldueño (Llanes) y en Trescares (Peñamellera Alta). Estos ejemplares revelan la existencia de conexiones, en cuanto a las técnicas de trabajar el metal y los estilos de las formas, con el mundo mucho más extenso de las costas atlánticas europeas.

La Edad del Hierro ha sido parca en testimonios en el Oriente costero asturiano, y tenemos un gran desconocimiento, como para buena parte de la Edad del Bronce, de los lugares de habitación y de los procesos económicos. La presencia de piezas de excepcional calidad correspondientes de manera genérica a esa época, como las piezas de arreos de caballo en bronce de la Cueva Baja de Lledías (Llanes), asociadas a un vaso cerámico.

El reciente hallazgo de un enterramiento humano cerca de Peña Tú, en la sima de Fuentenegrosu, nos informa del uso humano de la zona montañosa, a través del esqueleto de una mujer, enterrada en este lugar con un ajuar personal integrado por dos pulseras de bronce. Las fechas de Carbono-14 sitúan estos restos en el marco de la primera Edad del Hierro.

Junto a esa continuidad debió de persistir la identificación de Peña Tú como un lugar sagrado a lo largo de toda la Historia. Prueba de ello es la cristianización del lugar y sus representaciones a través de la superposición de cruces realizadas por piqueteado de la roca, con formas que parecen remontarse a tiempos medievales. El nombre de «Cabeza del Gentil» para este monumento, que recogieron Vega del Sella y Hernández Pacheco aún a principios del siglo XX, ilustra perfectamente esa idea persistente de hallarnos ante un lugar sagrado heredado del paganismo.

De espacios sagrados a lugares de saqueo

La visibilidad de los túmulos y su carácter destacado en el relieve local los han hecho víctimas de la codicia a lo largo del tiempo, como otra constante en su historia. Su significación social como lugar de los muertos pasó de generación en generación, y la reutilización posterior de sus masas tumulares para seguir enterrando a los difuntos está bien documentada mucho después de que fueran erigidos.

La tradición del enterramiento individual con ajuares personales de prestigio supuso la existencia de riquezas —a la escala de lo que significaban en esas comunidades— en las tumbas, dando origen a leyendas de tesoros ocultos que solían tener su base en el hallazgo, en algún momento del pasado más o menos remoto, de objetos de bronce u otros materiales que la imaginación popular rápidamente trasmutaba en oro.

En nuestra cultura tradicional, los moros míticos, situados en un pasado intemporal, son el origen y fuente de la mayor parte de los supuestos tesoros ocultos en cavernas y túmulos, donde los abandonaron en su desbandada ante el rápido avance de los ejércitos cristianos.

La búsqueda de los tesoros de los moros fue una actividad bien conocida a la largo de la era moderna, con el acompañamiento de infalibles gacetas de tesoros que daban las pistas necesarias para su hallazgo. El resultado fue el expolio de cuevas, túmulos y castros ligados a esas riquezas legendarias. Por ello, la práctica totalidad de los túmulos que han llegado a nosotros muestran las huellas del saqueo.

El entorno de Peña Tú no se libró de estas actuaciones, alimentadas por supuestos libros que describían un tesoro envuelto en una piel de toro y enterrado cerca de este lugar, como menciona el conde de la Vega del Sella.

El primer conocimiento científico de Peña Tú

Presente a lo largo de los milenios en el paisaje costero de Llanes y objeto de las más variadas devociones, Peña Tú se convirtió también en objeto de culto científico y erudito a partir de agosto de 1913, cuando fue visitada por vez primera por Eduardo Hernández Pacheco y el conde de la Vega del Sella. Meses después sería Juan Cabré quien completó las observaciones y realizó el calco clásico y más difundido hasta hoy de las pinturas y grabados que decoran la peña.

Los descubridores construyen en torno a los grabados y pinturas de Peña Tú un discurso científico que se superpone a los previos discursos religioso y legendario: se trata de un ídolo del final del Neolítico o los comienzos de las Edades de los Metales, con un carácter conmemorativo funerario o de monumento sagrado del pueblo que habitó la comarca.

Peña Tú jugó además un papel clave para establecer la fecha del arte esquemático de la Península Ibérica. Hernández Pacheco emplea la asociación en Peña Tú del ídolo y el puñal con las figuras humanas esquemáticas para extender a todas éstas la misma edad de final del Neolítico o inicios de la Edad del Bronce.

En 1923 Peña Tú es declarado Monumento Nacional.

Investigaciones sobre las Sierras Planas y Peña Tú

La atención despertada por las investigaciones de Hernández Pacheco, Vega del Sella y Cabré en Peña Tú provocó nuevas actuaciones con el objetivo de desenterrar nuevos tesoros —esta vez en sentido arqueológico— en el entorno de la roca.

El primero de estos nuevos buscadores fue José Fernández Menéndez, cura párroco de Vidiago, que realizó excavaciones en la Cueva del Bufón, encontrando un depósito sepulcral que incluía un ajuar de cerámicas decoradas y un punzón de cobre, de época calcolítica y, por tanto, cercano en el tiempo a la ejecución de los grabados y pinturas de la roca. También inició las excavaciones sistemáticas de los túmulos de la Sierra Plana de Vidiago en los años veinte, exhumando diversos materiales de gran interés, entre ellos picos asturienses, que le llevaron a afirmar la contemporaneidad de los túmulos con los concheros asturienses, y llevando éstos hasta el Neolítico; esta argumentación lo condujo a una seria polémica con el conde de la Vega del Sella, cuya idea de la edad mesolítica de los concheros ha corroborado la investigación posterior.

En 1979 Manuel Fernández Miranda y Primitiva Bueno realizaron un nuevo calco de las figuras pintadas y grabadas de Peña Tú. Esta revisión se acompañaba de un estudio en que ponían en relación las representaciones de Peña Tú y Tabuyo del Monte con la «fase A de la cultura del Argar». Años más tarde, tras sus excavaciones y estudios del conjunto de menhires del Collado de Sejos (Cantabria), Primitiva Bueno asignó a estas representaciones de personajes relevantes un papel de símbolo de posesión territorial, como guardianes de los montes de la comunidad.

Más recientemente, Miguel Ángel de Blas, de la Universidad de Oviedo, ha desarrollado una hipótesis de trabajo en la que establece cuatro fases en la historia del monumento, empezando con su posible significado sagrado para los cazadores recolectores asturienses, debido a la forma de animal que cobra la roca contemplada desde un punto de vista concreto. A continuación se ejecutarían las pinturas esquemáticas en el Neolítico final o Calcolítico, y posteriormente, a inicios del Bronce Antiguo se grabaría la gran figura del personaje y el puñal. La fase final correspondería a la continuidad en el uso simbólico del lugar en la Historia posterior, con la ejecución de las cruces piqueteadas y otros añadidos modernos.

LA EXPOSICIÓN

1. En principio fue la roca

1.a) Cazadores, recolectores y pescadores del Asturiense

Hace unos 10.500 años, los pobladores de las zonas costeras del Oriente de Asturias comenzaron a desarrollar un sistema productivo muy eficaz, basado en la combinación de diversas fuentes de alimentos que les permitían habitar durante todo el año cerca del litoral, sin grandes desplazamientos estacionales. El relieve y la vegetación de la zona les daba acceso a la caza de animales de campo abierto, como los toros salvajes, a otras especies que frecuentaban las zonas de arbolado disperso, como los ciervos o los bosques más cerrados, como jabalíes y corzos. Todos ellos han dejado como testimonio sus huesos en los yacimientos de la época.

Las masas forestales les suministraban gran cantidad de productos vegetales comestibles, incluyendo frutas silvestres, brotes y raíces, y frutos secos como las avellanas o las bellotas. Madera y semillas de estas plantas también se han conservado carbonizadas en los yacimientos asturienses. En su mayoría son recursos que abundan en los meses de primavera, verano y otoño.

Con todo, lo que forma la masa principal de los depósitos de este periodo son los productos del mar. Los concheros característicos de la denominada cultura Asturiense se han formado por acumulación de miles de conchas de moluscos marinos, en especial diversas variedades de lapas o llámpares, y bígaros de un género concreto, Monodonta lineata, que es un buen indicador de que las aguas del mar eran ya relativamente templadas. Pero también recogían en abundancia mejillones, oricios, algunas ostras, y varios tipos de cangrejos propios de rías y charcos de marea. Estudios recientes indican que buena parte de ese marisqueo se desarrollaba a lo largo del otoño y del invierno. La pesca en el mar debió de ser también una actividad importante; en concheros del Oriente de Asturias se han identificado más de veinte especies de peces marinos de tamaños muy diversos.

Las investigaciones más recientes han mostrado la relativa frecuencia de hallazgos de restos humanos en estos depósitos, así como la existencia de un uso sepulcral repetido en otros asentamientos del interior del Oriente de Asturias, como la Cueva de los Canes, en Cabrales. Estos enterramientos podrían apuntar a una importancia creciente de la relación entre grupos humanos y un territorio, plasmada a través del ritual funerario.

1.b) Fechas para un cambio

Cuando el conde de la Vega del Sella excavó los concheros de diversas cuevas del Oriente de Asturias se sorprendió del aspecto aparentemente tosco de los instrumentos que contenían, entre ellos los que bautizó como picos asturienses, atribuyéndolos a una época posterior al final del Paleolítico Superior y anterior al Neolítico, con cuyo origen en la región cantábrica no tendría relación directa, ya que habría un hiatus entre ambas épocas.

La investigación sistemática del norteamericano Geoffrey Clark en los yacimientos del Oriente de Asturias resolvió definitivamente la datación, al situar las ocupaciones asturienses mediante dataciones de carbono-14 entre unos 9.500 y 6.000 años atrás; los datos procedentes de las excavaciones realizadas la década siguiente en la Cueva de Mazaculos, en Ribadedeva, llevan el inicio de los concheros asturienses un milenio más atrás, hace unos 10.500 años.

En su final, las fechas de los últimos concheros se solapan con las de los primeros monumentos megalíticos cantábricos, unos 6.200 años antes de nuestros tiempos.

2. La huella humana en el paisaje

2.a) Los instrumentos del cambio

Las comunidades neolíticas fueron las primeras en dejar su huella permanente en el paisaje. Hasta entonces, los grupos de cazadores, recolectores y pescadores se apropiaban de los recursos naturales sin necesidad de modificar de manera significativa su entorno; ahora los pastores y agricultores neolíticos necesitaban transformar ese entorno para adaptarlo a sus formas productivas.

El más poderoso instrumento con que contaban para abrir claros en los bosques y convertirlos en pastos y tierras de cultivo fue el fuego.

Las hachas pulimentadas fueron otro instrumento fundamental de transformación del medio. Enmangadas como hachas o como azuelas, permitían cortar árboles, trabajar la madera y utilizarla para diversos usos. Estas hachas son frecuentes en los ajuares que se depositaron el los túmulos. Su utilización como azada también está en relación con la apertura de los primeros campos de cultivo de cereal de la zona, documentados en la región cantábrica desde hace unos 4.500 años a.C.

Las hojas de sílex se asocian también con la actividad agrícola, como también los fragmentos de hojas de sílex utilizados como elementos de hoces empleadas para la siega del cereal. Unas y otras se han encontrado también en los túmulos y yacimientos al aire libre de la Sierra Plana.

La persistencia de la caza en época neolítica se documenta a través de los restos de alimentación, pero también por la presencia de puntas de flecha de sílex, algunas de ellas con cuidado retoque por ambas caras, que nos revelan el uso del arco y flechas en la época, sin duda con fines cinegéticos, pero también bélicos en los conflictos con grupos próximos.

La cerámica es otra innovación que caracteriza el Neolítico, aunque su utilización parece relativamente limitada en los primeros tiempos en esta zona.

2.b) Sobreviviendo en un nuevo mundo

La introducción de la agricultura y la ganadería supuso un cambio radical en las prácticas económicas de las poblaciones del Cantábrico. El pastoreo, que incluía cabras, ovejas y ganado vacuno en proporciones variables en el espacio y el tiempo, requirió la introducción de especies domésticas, ajenas a la región, y la apertura de amplios espacios de pastos a costa de los ricos bosques de hoja caduca de las zonas de baja y media montaña.

La agricultura exigió la apertura de claros y roturación de la tierra en las zonas bajas, también con la introducción de especies vegetales nuevas. Los bajos rendimientos de este tipo de labores agrícolas sin duda debieron provocar la progresiva puesta en producción de nuevas tierras vírgenes, reduciendo los dominios «naturales» cada vez más.

Este proceso —que ha sido calificado como la domesticación del paisaje— implicó a medio plazo el abandono de muchas de las prácticas de caza y recolección tradicionales, incompatibles en un espacio tan reducido con la expansión de las comunidades neolíticas, que si bien aún cazan y recolectan ocasionalmente, han desplazado el centro de su actividad económica a la actividad ganadera y agrícola.

La sedentarización es otra faceta de esta realidad. Los grupos asturienses, según los datos arqueológicos, debían permanecer en la zona costera a lo largo de la mayor parte, si no de todo el año. Sin embargo, una economía cazadora y recolectora exigía un cierto grado de movilidad para asegurar la continuidad del sustento del grupo. Las comunidades neolíticas, en cambio, están ligadas a la tierra que cultivan y en la que pastan sus ganados: el control de un territorio y la permanencia en él es lo que garantiza su supervivencia, y por ello tienen que demarcarlo y defenderlo.

2.c) Propiedad y sociedad

Las comunidades primitivas de cazadores-recolectores carecían de sentido de la propiedad de la tierra: su movilidad se basaba precisamente en la posibilidad de disponer libremente de los recursos que la naturaleza les ofrecía en cualquier lugar. Por ello no necesitan almacenar ni redistribuir bienes o alimentos, ya que se apropian de lo que consumen.

En cambio, las sociedades neolíticas se basaban en la propiedad colectiva de la tierra y sus productos. Los cultivos y ganados pertenecen al grupo, así como la tierra que los sustenta, y todos aportan su trabajo para obtener unos bienes comunes que se redistribuyen entre todo el cuerpo social a lo largo del año.

Estas primeras comunidades agrícolas y ganaderas eran de carácter tribal, y se supone que las relaciones sociales estarían basadas en un sistema de organización social que compromete recíprocamente a todos los miembros del grupo en esas tareas comunes. Sociedades en principio igualitarias, pero en las que la necesidad de reparto de tareas, de redistribución de bienes, de solución de conflictos va requiriendo personalidades respetadas que asuman esas funciones por acuerdo comunal. Es el inicio de la jerarquización social que desembocará más tarde en las sociedades de jefaturas.

2.d) Espacios rituales, espacios de grupo

La edificación de sepulcros megalíticos, que exigen la aportación del esfuerzo colectivo de un grupo relativamente amplio, puede resultarnos a primera vista extraña.

La creación de espacios para los muertos con una continuidad de uso —representada por grandes tumbas que se reutilizan o, como en el Oriente de Asturias, por la construcción sucesiva de monumentos— supone una vinculación simbólica del grupo social, a través de los ancestros, con la tierra que les pertenece. Los muertos no se ocultan, sino que se hacen muy visibles, como manifestación de la propiedad de la tierra. Y la visibilidad de la tumba se logra a través de su monumentalidad, como hito destacado en el paisaje local.

La ubicación de muchos megalitos en áreas de montaña, desde las sierras planas litorales hasta las alturas de Picos de Europa, parece ser indicativa de la importancia que los espacios de pastoreo tenían para aquellas sociedades. Los campos de cultivo cercanos al poblado tienen unos propietarios evidentes, pero el conflicto por los límites de las tierras de pastos han presentado hasta hoy un carácter muy conflictivo entre comunidades vecinas, y muchos menhires y túmulos construidos en el Neolítico han seguido teniendo un papel como delimitador territorial hasta nuestros tiempos.

2.e) La conquista de las montañas

La distribución de los monumentos megalíticos de la región cantábrica revela un fenómeno de gran interés: la colonización sistemática de los paisajes de montaña por las primeras comunidades neolíticas.

Frente a un poblamiento costero y de los fondos y laderas bajas de los valles durante el Paleolítico Superior y el Mesolítico, las necrópolis tumulares se erigen sobre todo en cordales de media montaña, y en casos alcanzan las alturas de los Picos de Europa, superando los 1.500 metros de altitud. A menudo se ubican en collados de amplia visibilidad que son paso obligado para el acceso a los valles o para la comunicación entre ellos.

Las excavaciones de algunos de estos monumentos en Vegabaño (Sajambre, León) o sobre todo Peña Oviedo (Liébana, Cantabria) muestran que esos espacios fueron ocupados en una fecha temprana, y no son resultado de un período dilatado de expansión. En Peña Oviedo, junto a monumentos de tipología variada, se localizó una estructura interpretada cabaña con silos de almacenamiento.

Posiblemente se trata de los testimonios más antiguos de un modo de vida en el que la trashumancia periódica de los ganados llevaba a los grupos neolíticos a desplazarse en verano a las zonas de pastos de montaña, creados por la tala de los bosques y delimitados por los monumentos megalíticos.

3. Arañando la tierra

3.a) Los comienzos de la minería

La utilización del metal por las comunidades cantábricas tuvo un origen temprano. Las investigaciones de Miguel Ángel de Blas sobre las minas de cobre del Aramo y del Milagro han demostrado la antigüedad del laboreo de estos yacimientos de óxidos y carbonatos de cobre, cuyo inicio se remonta a unos 4.300 años atrás.

En las minas de cobre prehistóricas de Asturias, reconocidas a finales del siglo XIX, se hallaron numerosos instrumentos realizados en piedra y en asta de ciervo empleados por los mineros desde la Edad del Cobre o Calcolítico. Se trata de mazos de piedra, hechos con grandes cantos rodados, martillos de asta de ciervo, picos y cuñas del mismo material, y bateas de madera. La iluminación de las galerías se lograba mediante pequeñas teas.

El uso del fuego pudo ser un procedimiento empleado para la torrefacción del mineral en las galerías y facilitar su extracción, aunque la mayor parte del trabajo era exclusivamente manual, en condiciones muy penosas, al igual que el acarreo de los materiales.

Los numerosos hallazgos de restos humanos —especialmente cráneos— en las galerías de estas minas sugieren a autores como Miguel Ángel de Blas un uso funerario de las mismas, una vez finalizada la extracción de mineral.

3.b) La primera metalurgia

El proceso de transformación de los minerales de cobre en armas y herramientas requiere una serie de pasos que no necesitan tecnologías complejas, pero sí un conocimiento especializado.

Las hogueras del tipo empleado para cocer la cerámica en los tiempos calcolíticos y los inicios de la Edad del Bronce reúnen condiciones suficientes para lograr la reducción del mineral, es decir, para obtener metal a partir de los óxidos y carbonatos de cobre. El mineral se colocaba en crisoles de cerámica refractaria, posiblemente mezclado con carbón vegetal, y cubierto de leña, en un proceso de combustión que dura varias horas. Al final, los restos del metal quedaban en el fondo del crisol.

Más complicado debía de resultar obtener la temperatura de fusión del cobre, que requiere el uso de aireación forzada y una técnica más elaborada de combustión, un proceso del que no tenemos testimonios arqueológicos en la zona. Pero sí se conocen los productos de esa actividad de los fundidores, a través de acumulaciones de metal bajo la forma de tortas de fundición, como en el conjunto de Gamoneo (Onís), cercano a la mina del Milagro, o el depósito de hachas planas halladas en Asiego (Cabrales). Este último tipo de piezas, junto a los puñales, símbolo del prestigio personal, son los hallazgos metálicos más frecuentes del momento.

La metalurgia es una actividad compleja, que requiere artesanos especializados; además, se integra en un proceso económico y social más amplio, que incluye el control previo de la actividad minera y la distribución posterior de los productos en un mercado más amplio que las pequeñas poblaciones locales. La acumulación de riqueza y poder manifestada por los depósitos o por la posesión de armas metálicas de prestigio son el reflejo de unas comunidades donde la división social del trabajo, la jerarquización y la concentración del poder en elites dominantes ilustran el surgimiento de las sociedades clasistas iniciales.

4. Un mundo de relaciones europeas

Peña Tú no es mero ejemplo local y aislado de las sociedades cada vez más jerarquizadas de los inicios de la Edad del Bronce. Por el contrario, significa un ejemplo destacado de un fenómeno que se extiende por un amplio territorio de la Europa Occidental y el Mediterráneo, con ejemplos también notables en Europa Oriental. Se trata de estelas decoradas con representaciones de personajes acompañados de armas que datan de los inicios de la Edad del Bronce. La repetición de estos motivos decorativos nos ilustra de la extensión de unas sociedades que comparten valores simbólicos muy similares, salvando las distancias geográficas y culturales entre ellas.

Peña Tú es, por lo tanto, la mejor prueba de la temprana inserción de la comarca en un ámbito europeo y de su papel en esas redes de contactos, intercambios e influencias mutuas desde los más antiguos tiempos del metal.

Dirección

Dirección postal: 33597 Lugar Puertas. Llanes.

Dirección digital: 8CMP8WW7+WH

 

Información complementaria

 

Historia de Llanes


 

Llanes es tierra de sugestiva historia, muy bien estudiada.

El hombre prehistórico dejó útiles y grabados, importantes vestigios de su hábitat en gran número de cuevas del concejo, como Balmori, La Riera, Arnero, Trescalabres, Cuetu de La Mina y Cuetu de Lledías, especialmente en el área de Posada y de Balmori.

Una cueva próxima a Posada (a unos 300 m de la gasolinera de La Vega), bautizada como Tempranas, totalmente sellada hasta ahora y descubierta casualmente en los primeros meses del año 2001, es el último hallazgo prehistórico, que podría encuadrarse en el Paleolítico Superior.

En su interior conserva pisadas humanas, restos fósiles de animales, concheros de mariscos (restos de lapas, bígaros, oricios...) y un gran panel con grabados digitales de líneas y puntos «macarrones» parecidos a los de Altamira.

Para los entendidos, el descubrimiento es sumamente interesante por lo raro que resulta hallar huellas humanas de tal antigüedad y la escasez de cuevas que las conservan.

La gruta tiene 300 metros de galerías en dos niveles, con salas de estalactitas y estalagmitas de casi 3 m de altura y otros espacios de difícil tránsito.

Del periodo Asturiense, cultura pospaleolítica así bautizada por el conde de la Vega del Sella, destacan las cuevas de El Penicial en Nueva y La Riera en Bricia, así como las manifestaciones características de esta etapa: los concheros, grandes acumulaciones de conchas u otros restos alimenticios en las entradas de las cuevas.

Cerca de ellos es frecuente hallar el llamado pico asturiense, tosco utensilio de cuarcita provisto de aguda punta que servía para recolectar los moluscos de las rocas y provocar la rotura de sus caparazones.

El Neolítico, o edad de piedra pulimentada, donde hacen su aparición la ganadería y la agricultura, aporta otras novedades, como las cerámicas, los túmulos (enterramientos) de la sierra plana de La Borbolla, y, en un peñasco prominente del extremo noroccidental de la misma, muy cercano a Puertas de Vidiago, el famoso Ídolo de Peña Tú, declarado Monumento Nacional en 1924, única muestra del Norte de España en pinturas y grabados prehistóricos en el exterior.

Se trata de un gran bloque de piedra caliza esculpido por la erosión sobre el que se grabaron y pintaron esquemáticamente de rojo, hoy muy desvaído, un extraño individuo, quizás un hombre notable, y, a su izquierda, un puñal o espada corta.

A esta composición principal se suma, en el mismo color, primeramente, un grupo de antropomorfos, uno de los cuales, el más extremo, porta un bastón; luego, series de puntos y, por último, unas cabras.

El conjunto de Peña Tú, fechado en torno al año 1500 antes de Cristo, es un monumento de probable carácter funerario.

Una verja protege esta estación rupestre, visitable todos los días del año, a la que se llega tras una marcha de unos 25 minutos por un camino ascendente desde la carretera general.

Ocupado en época romana por la tribu cántabra de los orgenomescos, en territorio llanisco no se ha localizado castro o pueblo fortificado alguno, ni ningún otro vestigio de interés correspondiente al periodo de la conquista llevada a cabo por los romanos entre el 27 y el 19 antes de Cristo.

Sin embargo, la romanización local ha legado testimonios epigráficos en la lápida dedicada a los dioses Manes, hallada en Lledías, y la estela de Acuana, descubierta en Torrevega, ambas alusivas a los orgenomescos.

Una vez conquistado el territorio asturiano de los cántabros, Llanes pasó a pertenecer, administrativamente, al Conventus Cluniense, con capital en Clunia, hoy Coruña del Conde en Burgos.

La Edad Media es un periodo insuficientemente conocido en estas tierras, dada la escasez de fuentes escritas.

Desde el s. XI y hasta el siglo XIII, el concejo de Llanes formaba el llamado territorio de Aguilar; con centro administrativo y militar en el castillo de Soberrón, documentado ya en el año 1032, abarcaba, de este a oeste, los valles de Pendueles, Mijares, Celorio, Valdellera (Posada), San Jorge y Ardisana.

En el siglo XII se levantaron dos monasterios benedictinos: San Salvador de Celorio y el de San Antolín de Bedón, el primero fundado a principios de esa centuria por Alfonso Suárez y doña Cristilde, matrimonio perteneciente a la pequeña nobleza local, mientras el nacimiento del segundo, del que ya se tienen noticias en dicho siglo, está poco claro al haber sufrido la pérdida de su documentación.

Ambos monasterios, aparte de la consabida función religiosa, desarrollaron una importante labor colonizadora y repobladora al poner en explotación sus propiedades agrarias.

Pero de mayor relevancia aún fue la fundación de la villa de Llanes, sobre un lugar no habitado anteriormente, a la que, tal vez en 1228, el rey leonés Alfonso IX (1188-1230) le otorga una carta de población o carta puebla; no obstante, la populatione de Llanes aparece citada ya en un texto del año 1225.

Hacia 1270, Alfonso X (1252-1284) aumenta sus derechos con la concesión del Fuero de Benavente, confirmado definitivamente en 1333 por Alfonso XI.

Ya en esos momentos hacía gala de su condición de centro comercial del oriente asturiano y activo puerto pesquero.

Enseguida contó con muralla; un gran iglesia, intramuros: la parroquial de Santa María de Concejo de Llanes; el hospital de peregrinos de San Roque, fundación benéfico-asistencial, fuera del recinto amurallado; así como varios mercados.

Sin embargo, el progreso de Llanes lo sostuvo su puerto, siendo la pesca y el comercio marítimo, favorecido por la ruta costera del Camino de Santiago, actividades claves en el crecimiento económico de Llanes.

El puerto llanisco fue beneficiado, en 1338, con la concesión de un alfolí o almacén de sal.

El concejo y la capital no pudieron sustraerse de modo alguno a las disputas dinásticas y señoriales acaecidas durante la Baja Edad Media (s. XIII y XIV).

Contraviniéndose con ello el Fuero municipal, Llanes hubo de pasar a formar parte del señorío jurisdiccional de Rodrigo Álvarez de las Asturias, señor de Noreña, como premio a su fidelidad real.

Una vez fallecido éste, lo heredará Enrique de Trastámara.

Más tarde, a partir de 1440 se hacen con él los Quiñones, por donación de Juan II de Castilla, hasta que los Reyes Católicos lo incorporan a la Corona y le confirman su fuero en 1481.

En las postrimerías del siglo XV la actividad comercial parece estar restablecida.

La época dorada se da en el siglo XVI; hay una especialización en la caza de la ballena, desplazándose los pesqueros llaniscos con frecuencia a los caladeros del Gran Sol.

La villa de Llanes, que había sufrido dos importantes incendios, uno en 1480 y otro en 1509, recibió, en 1517 y con las secuelas aún visibles del último de ellos, la visita del rey Carlos I, tras desembarcar en Villaviciosa, en lo que suponía su primer encuentro con España, y de camino a Castilla por el puerto de la Palombera, en Cantabria.

Los historiadores José Ramón Martínez Rivas, Rogelio García Carbajosa y Secundino Estrada Luis, en su riguroso estudio sobre la participación asturiana en el descubrimiento, conquista y colonización de América (1492-1599), aportan datos novedosos acerca de la emigración llanisca al Nuevo Continente en ese periodo.

Entre la emigración y el desarrollo existe una relación directa; el desequilibrio que se da en Asturias entre el número de habitantes y los recursos durante el siglo XVI se resolvió con la marcha a Madrid, Sevilla, América, etc., constante que no desaparecerá en los siglos venideros.

Aunque existe otro tipo de causas, como las espirituales, el deseo de fama y aventura o cierta curiosidad, es el factor económico el que explica el proceso emigratorio.

De los aproximadamente 1.115 asturianos que se embarcaron en la empresa americana, que cruzaron, por una u otra causa, el Atlántico entre 1493 y 1599, huyendo de una tierra pobre (Asturias: las Indias de España), que no ofrece nada, en su afanosa búsqueda por mejorar la propia condición social, unas 41 personas eran de Llanes.

Su villa y las del resto de la costa asturiana —y sobre todas ellas, la de Avilés—, con la aportación de unos 427 emigrantes (un 38,2% del total), ponen de manifiesto las importantes diferencias existentes entre la marina y los valles del interior.

Las zonas del interior, salvo excepciones, y de montaña son más pobres, proporcionan menos emigrantes; no se tiene dinero ni para pagar el billete a América.

«En el siglo XVII —afirma Ramón Sordo Sotres— entra en decadencia la pesca de las ballenas y con ello el puerto de Llanes ve disminuir su capacidad económica, aunque dada su situación estratégica la villa no pierde su papel central en la comarca, status favorecido por la llegada del ferrocarril en 1905».

La guerra de la Independencia tuvo desgraciadas consecuencias para el concejo, donde se libró el 25 de enero de 1810 la importante batalla del río Purón, que supuso la rotura de la línea defensiva asturiana en él establecida por el general Llano Ponte, con la consiguiente ocupación del oriente y centro de Asturias por las tropas napoleónicas, responsables de distintos abusos perpetrados en el municipio.

En el trienio liberal, efímero paréntesis constitucional entre 1820 y 1823 durante el absolutista reinado de Fernando VII, varias parroquias del concejo —San Antolín de Naves, San Jorge de Nueva y San Pedro de Vibaño— formaron ayuntamientos independientes.

En el transcurso de las guerras carlistas, algunas partidas de éstos irrumpieron en la villa de Llanes.

Estalló la guerra civil en 1936 y las brigadas navarras penetraron en el concejo y tomaron Llanes el 5 de septiembre de 1937, año en que «se libraron importantes batallas en las cumbres del monte llanisco pues contra toda lógica militar la plana mayor del bando nacional ordenó a sus brigadas navarras el avance por lo más enriscado.

Finalmente, las tropas republicanas fueron derrotadas y el concejo, mayoritariamente de derechas, quedó en manos de Franco» (Ramón Sordo Sotres), distinguiéndose en la oposición contra el impuesto régimen Horacio Fernández Inguanzo, el Paisano, natural de Llanes, maestro de profesión, miembro del Partido Comunista de España desde 1936 y diputado nacional por Asturias.

Hombres ilustres

Muchas han sido las personas, naturales o asentadas en el concejo, sobresalientes en los campos de la política, la milicia, o las artes y las letras, entre las que conviene acordarse de:

Juan de Llanes.

En la emigración llanisca a Ultramar, aunque no significativa a cuanto a número, merece la pena detenerse, en esta ocasión extensamente, para dar a conocer los grandes méritos, en gran medida desvelados por el anteriormente citado trabajo de los historiadores J. R. Martínez Rivas, S. Estrada Luis y R. García Carbajosa, de este explorador y conquistador nacido en la capital del concejo, quien durante la primera mitad del siglo XVI tomó parte en diversos y trascendentales descubrimientos como el haber navegado por todo el Amazonas en compañía del capitán Francisco de Orellana, siendo de los primeros en cruzar todo el continente sudamericano por su parte más ancha.

Como otros muchos españoles, Juan de Llanes emigró al Nuevo Mundo en busca de aventuras, fáciles riquezas y fama.

Como él mismo declara en la información de servicios que presentó al rey para conseguir mercedes, pasó al Perú hacia el año 1534, poco después de que Francisco Pizarro entrase en Cajamarca.

Al poco de llegar, el llanisco partió con el capitán Gonzalo de Olmos al reino de Quito para someter a los indígenas del golfo de Carazque que meses atrás habían arrasado la localidad de Pueblo Viejo.

Sobre estas ruinas, los hombres de Olmos fundaron en 1535 una nueva población que llamaron Villanueva de Pueblo Viejo.

En los tres años siguientes Perú se vio alterado por la rebelión masiva de los incas contra el dominio español y por las posteriores rivalidades entre Francisco Pizarro y Diego de Almagro por el control de la ciudad de Cuzco.

Cuando se produjeron estos sucesos, el capitán Gonzalo de Olmos, Juan de Llanes, Francisco de Orellana y los demás componentes de la expedición se hallaban aún en Villanueva de Puerto Viejo.

Aunque Juan de Llanes nada dice sobre si tomó parte en estos acontecimientos —en la declaración que hizo omitió algunas de las acciones en que intervino—, creen los historiadores citados anteriormente que debió de participar en ellos ya que, al producirse el levantamiento de los indígenas peruanos, el capitán Olmos salió con sus hombres de Puerto Viejo para socorrer a las ciudades de Lima y Cuzco, sitiadas por miles de incas.

Reducidos éstos, Gonzalo de Olmos regresó con su hueste a Puerto Viejo, de donde salió de nuevo para ayudar a Francisco Pizarro contra Diego de Almagro y sus partidarios.

Después de la batalla de las Salinas (26 de abril de 1538), donde los almagristas fueron vencidos, Francisco de Pizarro hizo un nuevo reparto de la tierra, nombrando a Francisco de Orellana gobernador de la provincia de la Culata con el encargo expreso de que fundase allí una ciudad.

Reuniendo a viejos compañeros de aventuras, como a Juan de Llanes, Francisco de Orellana emprendió la conquista de aquella región situada en torno al golfo de Guayaquil.

Aunque el ejército español era bastante reducido, consiguió, no obstante, someter a los belicosos aborígenes que años atrás ya habían destruido por dos veces la ciudad de Guayaquil.

El 25 de julio de 1538, el capitán Orellana, en presencia de sus hombres, fundó la nueva ciudad de Santiago de Guayaquil y, acto seguido, repartió los solares entre sus soldados.

Poco después, Juan de Llanes entró también a descubrir con dicho capitán la provincia de las Esmeraldas, región ubicada al noroeste de Quito.

En todas estas expediciones, el asturiano, como dice el capitán Álvaro de Paz, compañero suyo, «sirvió en el como buen soldado, sin socorro ni ayuda de costa, sino á su propia costa é misión».

Concluidas estas empresas, Juan de Llanes se trasladó a Quito, de donde salió a finales de febrero de 1541 para ir con Gonzalo Pizarro a la conquista de los países de la Canela y Eldorado.

En el río Napo, entre el Aguarico y el Curaray, el llanisco se embarcó en el bergantín San Pedro, construido semanas antes en la misma selva, y junto con el capitán Orellana y otros hombres se lanzó el 27 de diciembre de 1541 río abajo en busca de vituallas.

Atrás quedaron Gonzalo Pizarro y el resto de los españoles e indios.

Pero el bergantín nunca regresaría.

La fuerte corriente del Napo y luego la del Amazonas se lo impidió, al decir de la mayoría de sus tripulantes.

Luego de navegar a lo largo prácticamente de todo el Amazonas en un viaje sin precedentes, Juan de Llanes salió al Atlántico y con los demás supervivientes se dirigió a la isla Margarita, enfrente de las costas venezolanas, desde donde, tras un merecido descanso, regresó a Quito vía Panamá.

Meses después, Perú se vio convulsionado por la rebelión de Gonzalo Pizarro contra la promulgación de las Leyes Nuevas, que entre otras cosas prohibían la esclavitud de los indios.

Para hacer cumplir estas leyes, Carlos V nombró virrey del Perú a Blasco Núñez Vela, quien en marzo de 1544 desembarcó en Túmbez, donde empezó a reclutar hombres.

Tomando partido por la causa realista, Juan de Llanes acompañó al virrey hasta la ciudad de Lima.

Pero éste poco pudo hacer frente a la superior fuerza de Gonzalo Pizarro y sus partidarios.

Vencido y muerto Núñez Vela en la batalla de Añaquito (18 de enero de 1545), la Corona española envió entonces al licenciado Pedro de la Gasca con plenos poderes para terminar de una vez con la rebelión pizarrista.

Nada más conocer que La Gasca venía en nombre del rey a pacificar al Perú, Juan de Llanes fue uno de los soldados que se les unieron y junto a él se dirigió al valle de Jaquijahuana, a 20 km de Cuzco, «donde se dio la batalla al dicho Gonzalo Pizarro por el dicho licenciado Gasca é su gente, donde fué muerto é desbaratado el dicho Gonzalo Pizarro y sus secuaces, é hizo justicia de ellos —recuerda Pedro Domínguez, testigo presencial—, y en dicha batalla se halló en servicio a Su Majestad el dicho Juan de Llanes, é sirvió á su costa y misión con sus armas é caballo, como buen soldado».

Restablecida la paz, el asturiano regresó a la ciudad de Quito, de donde salió para ir con el corregidor Antonio de Oznayo a la conquista y pacificación de Lita, Quilca y Caguaqui, pueblos de los términos de aquella ciudad, empresa en la que el llanisco llevó a su costa dos soldados para que sirviesen también en esta campaña.

Más tarde, cuando en 1553 se produjo la insurrección de Hernando Girón contra la Audiencia de Lima, Juan de Llanes fue nombrado por el corregidor de Quito jefe de una partida de hombres armados para que pasase al pueblo de Chimbo a defender el paso allí existente.

Casado en Quito con una viuda que aportó al matrimonio el repartimiento de indios que tuviera su primer matrimonio, Juan de Llanes se avecindó definitivamente en esta ciudad.

En el año 1564 era miembro del Cabildo de Quito, ciudad de la cual fue alcalde ordinario y regidor.

«He servido á Vuestra Alteza en otras cosas que se han ofrecido de vuestro real servicio con mis armas y caballos y criados —declara el mismo Juan de Llanes en su Información de servicios—, todo á mi costa y misión, donde he gastado mucha suma de pesos de oro sin habérseme dado ninguna cosa de vuestra real hacienda, y sin haber deservido á Vuestra Alteza en ninguna de las cosas acaescidas en este reino contra vuestro real servicio; y hasta agora no he sido remunerado ni gratificado de mis servicios.» Hallándose pobre, viejo y con hijos, el capitán Juan de Llanes —como lo nombra el historiador Toribio de Ortiguera, quien lo conoció en Quito— rindió en septiembre de 1568 una información de sus servicios para que fuesen debidamente gratificados por la Corona.

Lo que pedía al rey era que en justicia se le otorgase una pensión de 4.000 pesos anuales.

Hacia 1585 aún seguía viviendo en la ciudad de Quito.

Manuel Rubín de Celis, prosista, poeta y traductor de la segunda mitad del s. XVII, autor de numerosos escritos: Égloga pastoril.

Lamentos a la muerte de María Lavanat, primera dama del teatro, Madrid 1765; Discursos políticos sobre proverbios castellanos, Madrid 1767; Carta histórico-médica sobre la inoculación de las viruelas, Madrid, 1773, etc., y traducciones del francés.

El doctor en Teología Pedro de Inguanzo y Rivero (La Herrería, Llanes 1764-Toledo, 1836), cardenal, arzobispo primado de España, diputado asturiano electo para las Cortes de Cádiz, académico de la Real de la Historia y consejero de Estado, extraordinario orador parlamentario y polemista, de vasta cultura teológica y humanística, con obras como El dominio sagrado de la Iglesia en sus bienes temporales (2 tomos, Salamanca, 1820), o la Pastoral al clero y pueblo de la Diócesis de Toledo contra las malas doctrinas y costumbres, Toledo, 1825.

El controvertido político José Posada Herrera (Llanes, 1814-1885), abogado y profesor de Economía Política en la Universidad ovetense, fundador del partido Unión Liberal y de la Academia de Ciencias Morales y Políticas; nombrado ministro de la Gobernación en dos ocasiones, «no había otros triunfos electorales sino los previamente dispuestos por él desde el Ministerio de la Gobernación, al habla y mediante acuerdo con los gobernadores y otras autoridades provinciales, por lo que se le denominaba El Gran Elector» (Constantino Suárez); después de la revolución de 1868, fue embajador en El Vaticano, presidente del Congreso y del Consejo de Ministros; publicó Lecciones de Administración, Estudios sobre Beneficencia pública, Relaciones de la Legislación con la Política, etc.

Un hombre de letras, Gumersindo Laverde Ruiz (1835-1890), catedrático y escritor, a quien el profesor José María Martínez Cachero llama «Asturiano de las dos Asturias, la de Santillana y la de Covadonga»; aunque nació en Estrada, un pequeño pueblo de Val de San Vicente, en Cantabria, se trasladó siendo muy niño a la localidad llanisca de Nueva; luego, estudió Derecho y Filosofía y Letras, fue catedrático de Retórica y explicó Literatura Latina y Española en las Universidades de Valladolid y Santiago; el autor de Ensayos críticos sobre filosofía, literatura e instrucción pública españolas (1868) demostró su asturianismo no sólo en sus poesías, sino en trabajos suyos, como el ensayo acerca de la creación de una «Academia Asturiana».

Ángel de la Moría, seudónimo de Ángel García Peláez (Barrio de La Moría, Llanes, 1858-Llanes, 1895), sacerdote y a la vez el poeta más popular y representativo del bable oriental, quien con 16 años emigra a México, donde se convierte en ministro de Dios; vuelto a su villa natal con 33 años, ejerce el sacerdocio y colabora en El Oriente de Asturias, además de crear y dirigir el periódico La ley de Dios; dio a la imprenta las obras siguientes: El Pozu del Alloral, A teya vana y Recuerdos gratos.

Pepín de Pría (La Pesa, Pría, Llanes, 1864-Nueva, Llanes, 1928), sobrenombre de José Antonio García Peláez, quien, con estudios de Magisterio, tuvo varios empleos, pero ante todo fue poeta en bable, enriqueciéndolo «con numerosas obras, singularmente con Nel y Flor y La Fonte del Cay [...] Estos dos poemas, junto con algunos otros, son unánimemente reputados por los críticos como los más representativos de la lírica de Asturias en el lenguaje vernáculo» (Elviro Martínez).

Amable González Abín (Nueva, Llanes, 1862 - — Piñera de Pría, Llanes, 1911), escritor emigrante a Cuba, en cuya guerra de la Independencia participó, de 1881 a 1887; a su regreso estudia Filosofía y Letras y se vuelca en la docencia y el periodismo; escribió en castellano y bable (Jueyines del mio güertín).

Un adelantado de la fotografía, Cándido García (1869-1925), vallisoletano de nacimiento, aunque residente en Llanes desde que tenía un año de edad.

El también fotógrafo Nicolás Muller (Orosháza, 1913 - Andrín, 3 de enero de 2000), uno de los precursores de la fotografía social, artista universal y llanisco de adopción, nacido en Orosháza —una aldea de Hungría—, cuyo padre era abogado de profesión y presidente de la comunidad judía de la localidad; en 1935-36 se doctora en Derecho y Ciencias Políticas, pero prefiere dedicarse a la fotografía y forma parte del grupo «Descubridores de aldeas»; en 1938 se expatria y se traslada a París, donde vive dos años, colabora con revistas como Regards, France Magazine y Match, y establece contacto con algunos de los grandes maestros de la fotografía; al estallar la 2ª Guerra Mundial viaja a Portugal, desplazándose posteriormente a Tánger; abandona Marruecos en 1947 cuando la Revista de Occidente le invita a celebrar una exposición en Madrid; a partir de esa fecha se afinca en España, empieza a colaborar en la citada revista y abre su propio estudio; en 1947 llegó de la mano de un amigo, el escritor y filósofo Fernando Vela, a Asturias, volviendo desde entonces a Llanes todos los años hasta que, en 1968, construye su casa en Andrín, donde vivió hasta su fallecimiento; el descubrimiento, el 30 de marzo de 2000, de una placa en su memoria junto al chalé que habitó sirvió de prólogo a la apertura, ese mismo día, y hasta el 26 de abril de ese mismo año, de la exposición antológica «Nicolás Muller. Fotografías de una vida», una amplia visión de la obra de Muller, imágenes de Hungría, Portugal, Marruecos y España captadas por el hombre que, en palabras de Ortega y Gasset, «domesticó a la luz».

Ricardo Duque de Estrada, conde de la Vega del Sella (Pamplona, 1870-Nueva, Llanes, 1941), del que interesa, sobre todo, su condición de arqueólogo y naturalista, desarrollando una intensa labor investigadora del más alto nivel, lo que permitió el descubrimiento y exploración de numerosas cuevas del concejo habitadas por gentes paleolíticas y pospaleolíticas; en este campo trabajaron con él estudiosos tan reputados como H. Obermaier, H. Breuil, P. Wernet o E. Hernández Pacheco.

El militar Manuel Díez-Alegría y Gutiérrez (Buelna, Llanes, 1905-1987), jefe del Alto Mayor del Ejército entre 1970 y 1974, embajador de España en El Cairo desde 1976 a 1978 y miembro de número de la Real Academia Española por elección celebrada en enero de 1979.

El poeta Celso Amieva (1911-Moscú, 1988), seudónimo de José María Álvarez Posada, nacido accidentalmente en la localidad cántabra de Puente Sanmiguel, donde su progenitor era maestro, profesión ejercida luego por él mismo; el desenlace de la guerra civil le obligó a pasar a Francia en el año 1939; posteriormente se fue a México, donde trabajó como profesor de castellano, traductor de poemas franceses y colaborador de numerosas publicaciones de toda América, siendo condecorado en 1959 con la Medalla Artística de la Revolución Mexicana por el guión de la película Pueblo en armas; a partir de 1969 fijó su residencia en la URSS, cuyo Soviet Supremo le premió en 1985 con la Orden de la Amistad de los Pueblos; una Antología poética suya, con selección hecha por el vate llanisco Pablo Ardisana, la editó el Principado de Asturias a través de su Servicio de Publicaciones en el año 1985.

José Purón Sotres (Andrín, Llanes, 1912-Llanes, 1987), pintor distinguido con varios premios a lo largo de su carrera, quien se trasladó a Madrid para cursar sus estudios becado por la Diputación de Asturias, para más tarde viajar con beca a Italia y, luego, a Francia; «en su pintura destacan las obras de los años cuarenta, con limpios paisajes de fluida factura y composiciones figurativas, como la Adoración de los pastores (pintada para el Hospicio de Oviedo y rechazada al no haber sido comprendido su realismo), escenas costumbristas y algún autorretrato, en los que evidencia la influencia de sus maestros Eduardo Chicharro y José Ramón Zaragoza» (Javier Barón Thaidigsmann); en 1988, la villa de Llanes, a la que había donado su fondo pictórico, le nombró, a título póstumo, Hijo Predilecto.

Emilio Pola (Llanes, 1915-1967), poeta y escritor, quien obtuvo el Premio Nacional de Poesía, convocado entonces por la revista Blanco y Negro, por su obra La palabra del bosque; notable bablista y experto en toponimia, colaborador de El Oriente de Asturias, miembro del Instituto de Estudios Asturianos (IDEA), dejó una importante obra: Apuntes sobre el bable.

Del lución, El Pericote, La sufijación en el bable oriental, El muy noble gremio de mareantes de Llanes, etc.

Javier Ruisánchez, pintor, artífice de la teoría sobre la perspectiva llamada ilustrismo.

Pablo Ardisana, poeta en bable y castellano, nacido en Hontoria (Llanes) en 1940 y licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Oviedo, quien tiene impresos varios poemarios: Única Geografía, Armonía d'anxélica sirena, Azul mirar d'amor...; es autor, también de una antología poética sobre el llanisco Celso Amieva.

Martín López Vega, poeta y escritor, Premio Asturias Joven de Poesía.

También hay que hacer referencia a algunos de los muchos potentados indianos naturales de Llanes que llevaron a cabo una importante tarea filantrópica dentro del concejo: Francisco Mendoza Cortina (1815-1880); Faustino Sobrino Díaz (1827-1900); el primer marqués de Argüelles, Ramón Argüelles Alonso (1832-1900); Manuel Romano Gavito (1833-1909) o Manuel Cue Fernández (1834-1899), fundador del Colegio de La Arquera en la villa de Llanes.

Un residente veraniego habitual, el director de cine asturiano Gonzalo Suárez (Oviedo, 1934), con Aoom, Al diablo con amor, Epílogo, Parranda, Remando al viento, Mi nombre es sombra o El portero, cintas representativas de una arriesgada y controvertida trayectoria cinematográfica, es clave en el boom de Llanes como escenario predilecto de muchos realizadores de cine, televisión o publicidad.

Otro cineasta muy vinculado a Asturias, José Luis Garci (Madrid, 1944), hijo de gijonés, ganador en 1982 de un Óscar al mejor filme extranjero por Volver a empezar, rozó el mentado galardón con El abuelo (1998), basada en la obra homónima de Benito Pérez Galdós, parte de cuyas escenas ha rodado en cautivadores espacios del concejo; con You're the one (Una Historia de entonces), una historia en blanco y negro «de tristezas mudas, silencios elocuentes y vidas en un hilo» (Tino Pertierra) estrenada en octubre de 2000, ha vuelto a los escenarios naturales llaniscos, dejándose ver sus espectaculares playas —que son la imagen del cartel de la película— y Purón.

BIBLIOGRAFÍA

BARÓN THAIDIGSMANN, Javier (coautor): Gran Enciclopedia Asturiana, Gijón, 1996.

CERRA, Yolanda; COLINA, Arturo; VINIEGRA, Yolanda, y otros: Llanes y Ribadedeva, en la colección «Asturias, concejo a concejo», Real Instituto de Estudios Asturianos (RIDEA), Oviedo, 1993.

GARCÍA COSÍO, Xosé Firmu: «Llanes», en Diccionario Geográfico de Asturias (Ciudades, Villas y Pueblos), Editorial Prensa Asturiana, Oviedo, 2000.

MARTÍN, Arturo: «Llanes», en Gran Enciclopedia Asturiana, tomo 16, edit. Silverio Cañada, Gijón, 1981.

MARTÍNEZ, Elviro: «Llanes», en Gran Enciclopedia Asturiana, tomo 9, edit. Silverio Cañada, Gijón, 1981.

MARTÍNEZ RIVAS, José Ramón; GARCÍA CARBAJOSA, Rogelio; ESTRADA LUIS, Secundino: Historia de una emigración: asturianos a América, 1492-1599 (obra inédita).

RODRÍGUEZ MUÑOZ, Javier: «Llanes», en Gran Enciclopedia Asturiana, tomo 19, ed. GEA, Gijón, 1995.

SORDO SOTRES, Ramón: «Llanes», en Asturias a través de sus concejos, 1 tomo, Ed. Prensa Asturiana, Oviedo, 1998.

VARIOS AUTORES: Guía de Asturias, Asturias'92, Oviedo, 1992

Mapa de situación del municipio de Llanes


 

Llanes

Concejos limítrofes:

  • Cabrales
  • Cangas de Onís
  • Onís
  • Peñamellera Alta
  • Peñamellera Baja
  • Ribadedeva
  • Ribadesella

Comarca del Oriente de Asturias


 

Tan plural como el nombre de Asturias es su extremo más oriental. De paseo por la comarca, el visitante pasa de la playa a la nieve en unos minutos. Museo de la prehistoria, meta de montañeros, excursionistas y amantes del queso, territorio de frontera con León y Cantabria… Al norte, el Cantábrico; al sur, los Picos de Europa (entre uno y otros, apenas 15 kilómetros). La versión resumida del Paraíso.

Trece consejos componen la comarca más oriental de Asturias, definida por su proximidad a los Picos de Europa (máxima cota: Torrecerredo, 2648 metros): Amieva, Cabrales, Cangas de Onís, Caravia, Llanes, Onís, Parres, Peñamellera Alta, Peñamellera Baja, Piloña, Ponga, Ribadedeva y Ribadesella.

En esta comarca la escasa distancia entre montaña y mar permite disfrutar de las magnificas playas de la costa oriental y de las majestuosas cumbres de los Picos de Europa, o de las sierras del Cuera y del Sueve lo que posibilita en una misma jornada rutas muy diferentes.

Especialmente destacable es el Ecomuseo del Paraíso Rupestre que supone un recorrido turístico por la Prehistoria, con la presentación de una serie de yacimientos, cuevas y equipamientos museísticos e interpretativos con muestras de arte rupestre y emblemáticos hitos dispersos por toda la geografía del Oriente de Asturias. El territorio engloba 13 concejos del Oriente Asturiano y dispondrá de otros tantos equipamientos vinculados a la riqueza prehistórica de la zona. Actualmente están abiertos al público: El Aula de Interpretación de Peña Tú en Puertas de Vidiago (Llanes): El Centro de Descubrimiento de la Fauna Glaciar en Avín (Onís): La Puerta de los Acantilados en la Cueva del Pindal (Ribadedeva).

Qué ver

  • Real Sitio de Covadonga y Los Lagos.
  • Cuevas de Tito Bustillo y El Pindal.
  • Ribadesella.
  • Llanes.
  • Asiego y Bulnes.
  • Parque Natural de Ponga (Bosque de Peloño).

Derechos de Propiedad Intelectual e Industrial

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Referencia

03330362601 0800000 0333 0333036 148851 0802000 033303626 0802012